La estatización de las hipotecas fallidas, en serie con las medidas sin precedentes tomadas en los últimos días marca no sólo un cambio en las prácticas del mercado y en la relación entre estados y mercados, sino que también pone en la alarma la teoría neoclásica.
Así como la crisis del treinta puso en crisis la teoría precedente a través de la crítica de Keynes, la crisis actual confirma la inconsistencia de las teorías de los mercados autorregulados y las decisiones racionales.
Los reguladores y operadores no saben cual es el riesgo implícito en las operaciones. Desde la crisis asiática numerosos estudios y comentarios llaman la atención sobre que los reguladores no llegan a conocer la complejidad de las operaciones y que no pueden conocer los riesgos implícitos en las mismas, por su complejidad y por el alto nivel de apalancamiento. Un reciente ejemplo de este “No Sé Que Pasa”, lo dio el propio Secretario del Tesoro Henry Paulson que según el Wall Street Journal, el sábado pasado les dijo a los banqueros que consideraban concederle un préstamo a AIG que “el gobierno no tenía una idea clara de la dimensión del problema”. El hombre que hablaba es del sector financiero, fue directivo de Goldman Sachs y tiene acceso a toda la información habida y por haber sobre el tema. Si el no sabe ¿quien sabe cual es la deuda y el riesgo?
Comparando el momento actual con la crisis de los treinta, la principal diferencia se encuentra, como se vio en estas semanas, en la voluntad de los gobiernos de intervenir en los mercados, precisamente, por la memoria de esa crisis y de sus consecuencias.La crisis financiera evoca la “sombra terrible” de la crisis del 30. El temor es justificado pero entre ese momento y la actualidad existen grandes diferencias económicas e institucionales que influyen sobre la dinámica y las perspectivas de la crisis.
El auge de la bolsa neoyorquina fue empujado por expectativas “irracionales” y alimentada, como en las especulaciones contemporáneas, por la compra de activos a crédito. Cuando la bolsa se desplomó se produjo una interrupción del crédito, la caída de la demanda y de los precios nacionales e internacionales.
La gran diferencia entre el escenario de ese entonces y el actual, es que en los treinta los gobiernos estaban comprometidos con el sistema de patrón oro, que restringía las opciones de medidas de creación de liquidez. En ese sistema, un aumento en la masa monetaria reducía el respaldo de los billetes en oro y divisas y provocaba salidas de capitales.
En la actualidad los bancos centrales, grandes y chicos, emprendieron, desde los primeros síntomas de crisis una política de aumento de liquidez y soporte del sistema. Si estas medidas, además de necesarias, son suficientes, es parte de otra discusión. Antes de la crisis bursátil, la Reserva Federal había comenzado a aumentar las tasas de interés para frenar el auge, pero esta medida tuvo el efecto perverso de reforzar la atracción de capitales de otros mercados.
Hubo una situación que formó parte de otra característica dominante en el período entre guerras: los países industrializados respondieron a la crisis con medidas nacionalistas y no lograron acuerdos destinados a estabilizar las monedas o evitar el proteccionismo. Estados Unidos era la principal potencia económica, el mayor acreedor internacional y tenía superávit comercial, pero no estaba interesado en actuar como prestamista de última instancia, aportando capital a sus socios deudores y, además, tomó medidas devaluatorias y proteccionistas que, por el tamaño de su economía y por las dificultades que tenían los demás países, contribuyeron a profundizar la crisis.
En la actualidad los bancos centrales, grandes y chicos, emprendieron, desde los primeros síntomas de crisis una política de aumento de liquidez y soporte del sistema. Si estas medidas, además de necesarias, son suficientes, es parte de otra discusión. Antes de la crisis bursátil, la Reserva Federal había comenzado a aumentar las tasas de interés para frenar el auge, pero esta medida tuvo el efecto perverso de reforzar la atracción de capitales de otros mercados.
Hubo una situación que formó parte de otra característica dominante en el período entre guerras: los países industrializados respondieron a la crisis con medidas nacionalistas y no lograron acuerdos destinados a estabilizar las monedas o evitar el proteccionismo. Estados Unidos era la principal potencia económica, el mayor acreedor internacional y tenía superávit comercial, pero no estaba interesado en actuar como prestamista de última instancia, aportando capital a sus socios deudores y, además, tomó medidas devaluatorias y proteccionistas que, por el tamaño de su economía y por las dificultades que tenían los demás países, contribuyeron a profundizar la crisis.
En 1930 Estados Unidos, actual paladín del libre cambio, estableció la ley Smooth-Hawley que aumentó los aranceles de un 38% promedio a un 53%, agravando las restricciones ya existentes al comercio internacional.
En 1932, Gran Bretaña, que sí era librecambista, cambió el rumbo y respondió con el Tratado de Ottawa de preferencias arancelarias para los países de la Commonwealth. La Argentina entraría al sistema por la ventana, con el Tratado de Roca Runciman.
Francia, por su parte, mantenía una política de franco devaluado que aumentaba su competitividad comercial y, a partir de 1931, Alemania, Austria y otros países centro europeos instalaron el control de cambios para impedir la fuga de capitales. Ese mismo año, los países latinoamericanos, cuyo peso en el comercio internacional y como deudores era mayor que el actual, abandonaron la convertibilidad, impusieron control de capitales y varios se declararon en default.
Medidas proteccionistas, devaluaciones salvajes de grandes economías o controles de capital, no son previsibles en la actualidad.
La crisis del 30 se dio, además, en un sistema mundial que ya no contaba con una moneda internacional confiable como había sido la libra esterlina en el siglo XIX y como sigue siendo el dólar en la actualidad (que, paradójicamente, se convierte en refugio de valor como consecuencia de las crisis en el país que lo emite).
Gran Bretaña volvió a la convertibilidad en 1925 pero con una libra sobre valuada y con poco respaldo, por lo que el país siguió perdiendo capitales y se vio obligado a abandonar la convertibilidad en 1931.
Otra diferencia fundamental entre el sistema de entre guerras y el actual es el nivel de endeudamiento de particulares, empresas y estados. El sistema de la segunda posguerra acordado en Bretton Woods tuvo el propósito de evitar la repetición de devaluaciones competitivas, respuestas proteccionistas e inestabilidad cambiaria. La quiebra de este sistema en 1971-1973 y la liberación cambiaria y financiera que le siguieron dieron lugar a un incremento de la liquidez y del endeudamiento en relación a la producción, el comercio y los ingresos personales, así como a la generación de operaciones financieras de creciente complejidad y riesgo implícito.
Por en los últimos cincuenta años muchas crisis surgieron de la órbita financiera o se produjeron en actividades reales sobre dimensionadas con financiamiento especulativo, como sucede actualmente en varios países en la construcción.En la actualidad los gobiernos y bancos centrales están dispuestos, a diferencia de lo que sucedió en los primeros treinta, a auxiliar a los mercados con liquidez y fondos perdidos. Pero las características del mundo contemporáneo de las finanzas hacen que esas ayudas tengan un efecto, cuando menos limitado.
Por eso, por encima de las diferencias de escenario, resuenan ahora las líneas que Galbraith escribió hace 25 años en El crac del 29: “un rasgo común a las crisis anteriores fue que una vez que habían tenido lugar, concluían…El rasgo más singular de la catástrofe de 1929 fue que lo peor empeoraba continuamente” (*)
(*)Fuente: Diario El clarín
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